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Cosas poco productivas

Me he dado cuenta de que casi todo lo que me hace feliz es poco productivo, y por consiguiente no lo hago, o cuando lo hago me siento mal. Vaya imbécil, pensaréis, pero Maruja, me da que no soy la única. He pensado que hacer una lista de las cosas que me hacen feliz pero no hago porque no son productivas podría ayudarme a darme cuenta de que, efectivamente, soy imbécil. Aunque luego siga sin hacerlas. Jugar a la consola. ME FLIPA jugar a la consola y es, posiblemente, a lo que menos tiempo le dedico. Si no me voy a hacer gamer ni monetizarlo, ni nada de eso... ¿para qué perder el tiempo? ¿Para qué perder el tiempo siendo FELIZ? A saber, señora, a saber. Cuidar de mis plantas: La paz que me da estar y trasteando con las plantas no la puedo explicar, pero claro, ¿Quién querría estar en paz, cantando con los pajaritos, cuidando a sus coleos, pudiendo estar, no sé, contestándoles el teléfono a unas desgraciadas en una oficina? ¿QUIÉN? No lo se. Escribir. A riesgo de sonar soberbia, escribi...

Ganas de llorar

Tengo ganas de llorar todo el tiempo. Y cuando digo todo el tiempo no es "a ratos", o "por las noches" o "a mediodía" no, es TODO EL TIEMPO. Tengo ganas de llorar cuando pienso en que tengo que levantarme de la cama, y cuando tengo que tomar la decisión de qué desayunar, y de qué ponerme, y cuando me aplasta el peso de darme cuenta de que en cinco minutos tendré que coger el móvil y empezar contestar mensajes de personas con las que no quiero hablar (e incluso de personas con las que sí que quiero), tendré que salir de casa, montarme en el metro, llegar a la oficina, hablar con gente. Tengo ganas de llorar cuando contesto emails de gente que me da igual, para solucionarles problemas que no tienen nada que ver conmigo. Cuando me viene una idea buenísima en mitad de mi jornada laboral y no puedo ponerme a escribir porque, bueno, estoy trabajando. ¿Trabajando en qué? Me pregunto. Trabajando en manda emails mientras me aguanto las ganas de llorar, supongo. A v...

2022 en fracasos

Veo a todo el mundo haciendo sus listas de logros de 2022 y me cuesta pensar en los míos. He sobrevivido, que es bastante, así que lo cuento como un logro. He perdido cosas, he ganado cosas, pero creo que es más sano para mi cabeza hacer un recuento de las cosas en las que he fracasado, que las que he conseguido. Esto viene inspirado por la newsletter de este mes de Mari Andrew, en la que habla de cómo va a fracasar en sus objetivos del año, porque ya sabe que, en muchos de ellos va a fracasar. Me parece muy valiente aceptar que vas a fracasar, y que eso está bien, que tampoco pasa nada. ¿En qué he fracasado en 2022? He fracasado en darme por vencida. He estado todo el año a un paso de abandonarlo todo y, de alguna manera, he acabado siempre tirando para adelante. Todavía no sé si contarlo como una victoria. He fracasado en terminar de escribir alguna historia. Tengo como cuatro historias abiertas, y lo que me he puesto a hacer es reescribir la más antigua de todas, en vez de cerra...

Intermedio

El mundo ha cambiado y ahora, ahora, aquí de pie en el intermedio me doy cuenta, de que la bola lleva ya mucho tiempo rodando pero yo me había quedado en stand-by. ¿Cuándo fue la última vez  que me sentí pertenecer sin tener que fingir que pertenecía? ¿Cuándo y con quién, al otro lado de estos huesos que me guardan? ¿Cuándo fue la última vez que tuve algo que decir, y lo dije antes de que estallara como pólvora en mis tripas, forrándolas de cicatrices y metralla? Recuerdo a la niña que no conocía un mundo más allá de la soledad y pienso en lo lejos que hemos llegado, y en cómo todo, inevitablemente, vuelve a empezar. El mundo ha cambiado y he tardado en darme cuenta, de que ahí donde todo se ha movido hacia adelante, yo he dado un paso atrás, ya no hay humo que me ahogue pero todavía me aterra todo eso que no puedo controlar. Me veo en páginas de cuadernos viejos y me pregunto cuál es la chispa que hará falta para que todo vuelva ...

corrígeme si me equivoco, pero no veo nada que merezca ser salvado

Hay algo que perdonar en todas las personas dicen, algo que salvar tras cada desolación, cada pandemia, pedazos de diamante ocultos tras los escombros de cada explosión de odio que siempre va dirigida hacia las mismas víctimas. Lo siento, si no puedo sentir pena por las manos que despluman nuestra salas, si me falta la bondad necesaria para creer que en lo más hondo de cada masa de carne y músculo hay una grieta por la que se puede colar la luz. Pido perdón, de corazón, porque en mis sueños, más veces de las admitidas a una persona cuerda desmiembro cuerpos con las uñas pintadas de rosa mordisco a mordisco, les arranco la extremidades y luego pienso, qué bien me queda la sangre como pintalabios, y qué buen fertilizante serán sus intestinos, para la Madre. Lo siento, si tengo pocas ganas de dejarme convencer, de que todo demonio arrastra un pasado triste, que le pesa en el alma y le turba la mente y le obliga a hacer daño a quienes tienen la mala suerte de p...

cuando esté de pie frente a La Madre

A veces tengo miedo de que si realmente hay alguien esperando tras la muerte se me juzgue por mi especie. De que mi puesto en la otra vida dependa de las acciones de mis congéneres al igual que aquí, aquellos que son como yo se han creído con derecho a juzgar a otros por las acciones de los suyos. Ojalá no midan mi valía por las pocas veces que esperé algo a cambio sino por las que di todo lo que podía aunque no fuese ni de lejos suficiente. Me aterra pensar que, de pie ante la Madre no sea capaz de mirarla a los ojos, así como no pude mirar a los de todos esos animales a quienes no tuve ni medios ni cojones de salvar. Ojalá no se me juzgue por cada hormiga que maté cuando no comprendía que su vida valía lo mismo que la mía. ¿Es verdad acaso, que no queda nada en nosotros que valga la pena perdonar? ¿Nadie por quien valga la pena pensar que quizá podemos ser la cura y no la enfermedad que terminará por acabar con todo? Ojalá la Madre,...